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Franco y la España Negra. El legado de un tirano

Publicada el 9 julio, 2006

Transcurridos 30 años de la muerte del general Francisco Franco, su legado no sólo no ha desaparecido sino que continúa pesando como una maldición sobre todos nosotros, aquellos que por gusto, por obligación o por simple adscripción administrativa somos ciudadanos españoles. El famoso "atado y bien atado" del testamento franquista ha resultado ser una realidad sólida, prolongada más allá de los indudables cambios modernizadores experimentados por los procesos de producción, de una cierta remoción de las estructuras sociales y de la adecuación del régimen político a las formas y usos propios de las democracias parlamentarias europeas.

 

Con todo, una parte de España –una de las dos Españas, en la concepción clásica- continúa helando los corazones de generaciones de ciudadanos con su pretensión de que desde la época de los Reyes Católicos hasta hoy, nada ha habido en el mundo que justifique el más mínimo cambio o adaptación a los tiempos. Esta idea peregrina lejos de ser patrimonio de cuatro locos, constituye una cosmovisión ultraconservadora (en la más pura esencia del término) compartida por capas minoritarias pero extensas de la sociedad española, y sus adeptos se cuentan desde siempre no sólo entre las clases provilegiadas sino, sorprendentemente, también en las clases subalternas; en el inmovilismo ciego de estas gentes radica la fuerza de la España Negra contemporánea, y en ellas cimentan las clases dominantes y sus aparatos ideológicos (entre ellos, singularmente la Iglesia católica) la potencia de su obcecación por mantener vigentes privilegios y monopolios espirituales y materiales del pasado.

 

No es extraño por tanto que en ciertos momentos históricos esas masas alienadas hayan servido y sirvan de soporte popular a la reivindicación de privilegios y monopolios, a pesar de resultar ellos mismos objetivamente perjudicados por esa hegemonía: ejemplos conocidos son el apoyo popular al absolutismo en tiempos de Fernando VII (ejemplificado en el famoso grito "vivan las caenas"), la entusiasta militancia campesina en el bando "apostólico" durante las guerras carlistas, y la identificación con el régimen franquista de ciertas capas sociales de la España profunda. Lo estamos viendo hoy mismo en las movilizaciones capaces de congregar a cientos de miles de personas protestando contra el tímido recorte de algunos privilegios de la Iglesia católica, o las que se producen para frenar que España tenga por fin una Ley de Educación equiparable a las vigentes en Europa ¡desde finales del siglo XIX!.

 

Esa lucha por parar la Historia se ha encarnado en la España contemporánea en diversos iconos, pero al parecer ninguno tan perdurable como Franco y su llamémosle obra. Las causas son hoy por hoy lo de menos (la personalidad histórica de este hombre mediocre, de pocas luces y lleno de complejos, dotado únicamente de una astucia zorruna y de una crueldad ilimitada, no hacen de él en principio una figura atrayente para nadie), pero hay que tomar nota de un hecho innegable: en tanto la figura histórica e incluso el mito del general colonialista, golpista y represor de su propio pueblo comienza a desvanecerse sin remedio con el paso de los años, la substancia de su pensamiento ultrareaccionario permanece sólidamente anclada en sus seguidores, no ya entre quienes mantienen las banderas del fascismo clásico (una ínfima minoría), sino sobre todo en una derecha que en España sigue negándose a la democracia por más que participe en ella y se aproveche de lo que desde otra trinchera supuestamente enfrentada a la suya (la que ocupa el mundo del nacionalismo vasco proetarra, ideológicamente mucho más próximo a la derecha española de lo que se piensa, dado que comparten similares orígenes ideológicos), suelen caracterizar como "contradicciones del sistema".

 Cabe concluir que mientras en España no haya una derecha que no sólo acepte el sistema democrático parlamentario como una "accidentalidad" desde la cual actuar en defensa de sus privilegios, sino que por encima de todo sea capaz de asumir la democracia como irrenunciable modo de organizar la convivencia en libertad y también el progreso social del país, el cadáver de Franco permanecerá insepulto y apestando toda España, secretamente homenajeado por aquellos que ahora dicen ser único baluarte en la defensa de la Constitución pero que en su día la negaron y actuaron contra ella de palabra y de obra.

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