Desde hace algunos unos años se celebra en diversas ciudades europeas el Día Sin Coches. La iniciativa suele estar organizada por el respectivo ayuntamiento, en colaboración con alguna entidad de esas que luchan por un transporte urbano más racional y un medio ambiente más sano. Con ese motivo, suelen editarse folletos de colorines pregonando las virtudes de no usar el automóvil privado durante un día, se peatonaliza por unas horas alguna calle central, y se hacen algunas declaraciones a la prensa; poca cosa, en suma. Luego, las cosas vuelven donde siempre, y hasta el año que viene.
En Barcelona el Día Sin Coches se venía celebrando desde hace algún tiempo, hasta que este año el Ayuntamiento de la ciudad decidió dejar de impulsarlo. Los motivos de fondo no se han hecho públicos, aunque parece que la respuesta ciudadana no era la esperada. De hecho, el año pasado causó cierto regocijo entre la ciudadanía que el señor alcalde, en pleno Día Sin Coches, usara su automóvil oficial porque, según dijo a los periodistas "había mucho tráfico, y tenía prisa para llegar a un acto"…sobre el Día Sin Coches.
El invento alternativo ha sido una Semana de la Movilidad Sostenible, una denominación un tanto chirriante y pomposa para definir un concepto muy querido por los ecologistas urbanos y sus imitadores. La Semana se ha planteado como un vehículo mediante el cual dar a conocer la actuación del ayuntamiento barcelonés en materia de transporte público, todo envuelto en mucha palabrería cientifista y ecologismo de salón: folletos de colorines (otra vez), encartes en prensa, conferencias, llamamientos concienciadores etc. Lo de siempre. Se trata de intentar rentabilizar políticamente un tema de moda; cosas del marketing político.
Y sin embargo, los datos del problema son cada vez más preocupantes. Ejemplos:
Barcelona supera los cuatro millones de desplazamientos diarios a través de su geografía urbana a pesar de tener poco más de millón y medio de habitantes, lo que se explica en razón de la afluencia de personas residentes fuera de sus límites que se desplazan cada día a ella para trabajar, estudiar, comprar o pasear, haciéndolo en gran parte a bordo de vehículos privados. En su gran mayoría, los automóviles que se desplazan por la ciudad suelen llevar un único ocupante.
Asmimismo, Barcelona es la segunda ciudad del mundo (la primera es Calcuta) en cuanto a motocicletas circulantes en proporción a la población censada en la ciudad: 250.000 motocicletas, una por cada seis habitantes, aproximadamente.
Pretendiendo imitar a países de mayor conciencia cívica, y por si no había ya suficiente saturación de máquinas circulantes, el ayuntamiento tuvo hace unos años la idea no sólo de reservar y señalizar carriles para bicicletas sobre espacios inicialmente usados por los peatones en ciertas avenidas de la ciudad, sino también de autorizar la circulación de estos vehículos sobre todas las aceras, lo que ha convertido en poco tiempo a éstas en sitios tan inseguros para los peatones como los propios viales destinados a los automóviles.
Por lo demás, rara es la familia barcelonesa que no tiene un automóvil tipo turismo y un todoterreno 4X4 (el padre), un segundo automóvil turismo (la madre), una moto (un hijo) y una bicicleta, probablemente "mountain bike" (el hijo "ecologista").
En cuanto al transporte público, existe un buen repertorio de líneas de autobuses municipales, pero la densidad de tráfico de superficie hace que la circulación de los autobuses sea lenta, especialmente en las horas punta. El Metro aún no llega a algunas zonas de la ciudad, y aunque se trata de un servicio rápido y relativamente barato, menudean las "incidencias técnicas" (averías casi siempre inexplicables e inexplicadas), consecuencia del excesivo uso de un material rodante anticuado y de una aparatosa informatización de la gestión mal digerida, que suelen terminar cargándose al socorrido "fallo humano".
Mientras tanto, y se supone que para estimular el uso del transporte público, la corporación municipal alquila las paredes de pasillos y estaciones del Metro para que sean forradas literalmente con abrumadoras campañas publicitarias mostrando los últimos modelos de automóviles.
En resumen, mobilidad sí, pero en realidad cada vez más insostenible y privatizada.
Como trasfondo, los problemas de salud que a pesar de ser médicamente conocidos, todos se empeñan en ocultar. No me refiero sólo al estrés y a los estados de irritación y ansiedad que propicia la conducción privada en la ciudad y sus dificultades inherentes (atrasos, atascos, discusiones), y ni siquiera a los frecuentes accidentes de circulación; me refiero sobre todo a las consecuencias directas que sobre la salud de todos los barceloneses tienen los gases procedentes de la combustión expelidos por los vehículos, en una ciudad que apenas ocupa 100 kilómetros cuadrados y está encerrada dentro de un estrecho anillo formado por montañas y el mar. El efecto campana de todos estos gases en suspensión en la atmósfera, unidos a los procedentes de los sistemas de calefacción y otros vertidos gaseosos a la atmósfera, conforman una polución permanente que tiene una incidencia real en miles de casos de cáncer de vías respiratorias que ahora se asocian indiscriminadamente al tabaco. Al igual que las cajetillas de tabaco, los automóviles privados deberían llevar impresos en su carrocería mensajes advirtiendo de que la conducción mata, y no sólo al conductor y acompañantes sino a cualquier persona residente en el mismo espacio urbano, obligada por tanto a respirar continuamente el aire polucionado por los vehículos alimentados con combustible fósil.
Mientras no se tengan en cuenta estas cuestiones, Las Semanas de la Movilidad Sostenible no pasarán de ser un puro ejercicio de hipocresía y una muestra del peor oportunismo político.