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De cómo TMB se ha quitado un muerto de encima

Publicada el 9 julio, 2006

Finalmente no habrá juicio por el suicidio de Pablo Díez, el conductor de autobuses de la empresa municipal de transporte de Barcelona (TMB).

 Recordarán que Pablo fue despedido por apropiarse supuestamente del importe de un billete: un euro y diez céntimos. El mismo día que recibió la carta de despido, el conductor se suicidó. Eso fue el 1 de abril último.

Según el abogado de la familia, TMB, la empresa para la que trabajaba Díez, reconoce ahora que el despido fue "improcedente" (sic) y se compromete a indemnizar a su familia con 52.000 euros; también, a facilitarle un empleo a la viuda y a hacerse cargo de la educación de los hijos. Sin embargo, TMB no admite "culpabilidad ni responsabilidad sobre los hechos ocurridos después del procedimiento sancionador" (sic), y asegura que la familia "renuncia" a interponer otra demanda contra ella.

 

Del mobbing sufrido por Díez antes de los "hechos ocurridos", TMB no dice ni una palabra.

 

Pero si TMB no tiene "culpabilidad ni responsabilidad alguna", ¿porqué reconoce el despido como improcedente, y sobre todo porqué se aviene a hacerse cargo del futuro laboral y formativo de la viuda y de los hijos?.

 

En resumidas cuentas, TMB ha tapado la boca a la viuda de Díez con poco más de ocho millones de las antiguas pesetas y la promesa de un puesto de trabajo para una viuda y madre sin mejores expectativas laborales. A eso se le llama cerrar un buen trato… aprovechándose de la parte más débil.

 

Lo más irónico del asunto es que los hijos de Pablo Díez probablemente acabarán trabajando en la empresa por cuya causa su padre está bajo tierra.

 

A nadie se le escapa que si este suceso se hubiera producido en EEUU, por ejemplo, el acuerdo entre los abogados habría dado lugar a una indemnización multimillonaria en dólares, y que el principal responsable de la empresa habría sido cesado en sus funciones inmediatamente después de cerrarse el trato. Pero en España es posible comprar el silencio de una familia de clase trabajadora por apenas 50.000 euros, y seguir en el sillón de mando como si no hubiera pasado nada.

 

La verdad es que teniendo en cuenta que el importe de lo supuestamente "robado" era un euro y diez céntimos, el que las cifras que se manejen en este caso sean todas ridículas y hasta risibles sería lo normal sino fuera porque esas cifras son, en definitiva, el importe de una vida humana y de una familia rota para siempre.

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