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Entre la caridad y la estafa. El verdadero rostro de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG?s)

Publicada el 16 julio, 2006

La Guardia Civil acaba de detener a la junta directiva de la conocida ONG "Huelva Solidaria", acusados de haber estafado a 40.000 inmigrantes durante los últimos cinco años. La estafa radica no sólo en cobrar por servicios prestados por una organización que en teoría no tiene afán de lucro, sino también, y sobre todo, por la intermediación en la realización de trámites administrativos que en realidad tienen carácter gratuito. Parece ser que "Huelva Solidaria" llegaba a cobrar 200 euros por el certificado de empadronamiento, documento que expiden gratuitamente los ayuntamientos y que era imprescindible presentar durante la reciente regularización de inmigrantes. Se calcula que los ingresos por estafa obtenidos por "Huelva Solidaria" en este último lustro superan los seis millones de euros.

No es el primer escándalo de tipo económico relacionado con ONG’s, aunque sí el de mayores proporciones hasta el momento. Todo parece indicar que en el caso de "Huelva Solidaria" estamos ante un diseño perfectamente medido y desarrollado por gente sin escrúpulos ni conciencia, que les ha permitido obtener un altísimo rendimiento económico de la explotación de un filón de negocio sucio: las urgencias y necesidades de los inmigrantes, su desconocimiento del idioma y de la idiosincrasia del país, y su temor a relacionarse directamente con la Administración.

 

Pero el problema trasciende al caso concreto de esta estafa, con ser multimillonaria. Las ONG’s son un fenómeno de masas, surgido hace muy pocos años pero que ha adquirido ya un enorme enraizamiento y gran fuerza en los países del Primer Mundo. Singularmente en España, la proliferación de organizaciones que dicen moverse en el campo de la ayuda a los más desfavorecidos, casi siempre en países lejanos del Tercer Mundo (obviando a menudo el Cuarto Mundo existente en tantas barriadas del extrarradio de nuestras ciudades), ha adquirido caracteres de verdadera epidemia, que en el mejor de los casos se relaciona con una especie de Domund laico; un bálsamo que calma conciencias pequeñoburguesas agitadas por un buenismo gazmoño, o de modo creciente, dá salida a inquietudes juveniles no estructuradas, y que suele responder más a impulsos y arrebatos solidarios del momento que a a reflexiones razonadas.

 

Estamos pues ante organizaciones dedicadas a la promoción de la caridad postmoderna. Una caridad nada inocente, por lo demás, pues allega ingentes recursos económicos apelando a los buenos sentimientos de personas cuya responsabilidad en el desorden mundial es nula, pero que sienten como las noticias de los noticiarios televisivos les amargan la digestión y necesitan aliviar esa angustia. Una caridad que además de ser sentimentaloide, goza de privilegios fiscales inauditos: en España las ONG’s no están sujetas a ningún tipo de tributación, no pagan impuestos por ningún concepto, por lo que los donativos que reciben son siempre ingresos netos, limpios de cualquier carga fiscal.

 

El negocio ha llegado a ser de tal volumen, que hace unos años el gobierno del PP decidió "nacionalizar" las aportaciones económicas que recibían estas organizaciones a través de sus cuentas corrientes, obligando a los bancos a dirigir los donativos ingresados hacia la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional (SECI). Este organismo público comenzó a aplicar la mayoría de esos ingresos a sus propios programas de cooperación en países del Tercer Mundo –es decir, a propaganda institucional en el extranjero a favor del gobierno español del momento-, y entregaba solo una parte a la ONG a cuyo nombre se había hecho el donativo. La reacción de las ONG’s contra esta habilidosa expropiación consiguió la dimisión del responsable político de la SECI, y la renegociación ventajosa para ellas del reparto de las aportaciones. Tal es ya su poder.

  

La base de la influencia de las ONG’s sobre las masas occidentales radica en el poder que les proporciona el uso experto de las recursos comuinicacionales y de las posibilidades tecnológicas actuales, desde Internet y las comunicaciones vía satélite hasta el marketing publicitario más avanzado. Inmediatamente que se produce alguna catástrofe masiva, como el reciente maremoto de Sumatra, se activan los equipos de dirección de crisis y los aparatos de emergencia de estas entidades, siempre más entrenados y preparados en la reacción rápida que sus homólogos gubernamentales. De modo paralelo se desencadenan campañas de captación de recursos, al tiempo que los medios difunden su rápida presencia y actuación en el lugar de la crisis. De hecho, cuando se produjo el desastre humano de Sumatra los donativos económicos recibidos fueron tan ingentes, que ocasionaron problemas de gestión a las propias ONG,s; sencillamente, no sabían cómo absorber tal avalancha de dinero recibida en tan pocos días.

  

Con todo, y desde el punto de vista exclusivo de la ayuda humanitaria, semejantes despliegues en zonas de catástrofe, especialmente allí donde las crisis han devenido crónicas, son para los receptores de la ayuda pan para hoy y hambre para mañana. En realidad, muy pocas ONG plantean proyectos de transformación social y económica a largo plazo, y casi ninguna cuestiona las injusticias sociales sobre las que se fundamenta la miseria que socorren de modo puntual. Por lo demás, la intervención masiva mediante el reparto de ayudas indiscriminadas en determinadas zonas acaba generando graves problemas, a veces mayores de los que se pretende subsanar: las ayudas alimenticias masivas distribuidas en el Africa subsahariana, por ejemplo, han arruinado a multitud de pequeños campesinos que no pueden vender sus productos agrícolas a otros compatriotas si estos reciben alimentos proporcionados gratis por las ONG’s. En otras zonas hay casos aún peores: algunas mafias locales, con y sin colaboración de cooperantes, logran hacerse con el control de las ayudas recibidas, que luego comercializan entre los iniciales destinatarios de la ayuda.

 

Todavía es más siniestra la consecuencia derivada de la intervención en el continente africano de algunas ONG’s que pretendiendo acabar con el comercio de esclavos, en realidad lo están fomentado de modo exponencial. Estos bienintencionados pagan verdaderas fortunas, según los baremos locales, a los traficantes de carne humana por cada esclavo que les llevan y que ellos liberan; la consecuencia es que se ha desatado una verdadera cacería de seres humanos en países como Sudán, Chad y Somalia, a fin de conseguir esclavos que inmediatamente son llevados a las ONG’s para que paguen por ellos el rescate de liberación.

  

No hay que olvidar, por otra parte, el gran número de ONG’s que a pesar de su nombre mantienen estrechos lazos con gobiernos, organizaciones políticas, empresas y otras instituciones, como la Iglesia católica, por ejemplo. Suelen funcionar como verdaderos aparatos de propaganda de las organizaciones matrices, y en ocasiones también como canales de captación de recursos económicos atípicos para esas mismas matrices; en otros casos son vehículos de evasión de capitales y blanqueo de dinero. Incluso en los países donde están controladas fiscalmente y sometidas a la legislación sobre fundaciones, suelen ser un modo de evadir impuestos mediante la transferencia, real o ficticia, de importantes donaciones.

 

Más allá del móvil económico en unos casos, de la ingenuidad angelista en otros y del oportunismo político en otros cuantos más, algunas ONG’s se han visto implicadas en asuntos francamente turbios y en ocasiones, hasta tenebrosos. Ocasionalmente en los últimos años, han ido apareciendo informaciones en medios europeos en el sentido de que ONG’s dedicadas a la atención de la infancia en países del Tercer Mundo estarían infiltradas por pederastas, quienes aprovecharían el disfraz de cooperantes para sus actividades. No se trataría sólo de casos anecdóticos, individuales: alguna organización habría sido creada ex profeso para encubrir tales actividades.

 

Incluso en el caso de ONG’s con trayectoria aparentemente impecable, mueven a la sospecha sus métodos de llamar la atención, concitar apoyos y recabar protagonismos, en general difícilmente justificables desde un punto de vista ético. Así, por ejemplo, durante la anteriormente aludida crisis desencadenada tras el maremoto de Sumatra, la ONG "Save the Children" difundió en todo el mundo informaciones en el sentido de que organizaciones internacionales de pederastas estaban secuestrando de modo masivo a niños supervivientes de la catástrofe, pidiendo por ello a los gobiernos afectados el cierre de fronteras. En realidad esa actividad secuestradora denunciada jamás existió, o al menos no con las características masivas que pretendía "Save the Children": pero la ONG denunciante consiguió una enorme repercusión mediática, y los cooperantes de otras ONG’s llegadas más tarde se encontraron con dificultades para desarrollar su actuación en la zona.

 

Es hora pues de comenzar a fiscalizar, en el sentido económico pero también en el político, las actividades de estas organizaciones. En una sociedad que cada día es más exigente en cuanto a la transparencia fiscal y el control de las actividades públicas, no puede ser que existan organizaciones que so capa de apelar al sentimentalismo caritativo, estén contribuyendo a mantener y consolidar situaciones socialmente injustas, e incluso en algunos casos a beneficiarse más o menos legalmente de tal proceder, cuando no a desarrollar actividades abiertamente delictivas como al parecer ha sido el caso de "Huelva Solidaria".

  

Lo que los desheredados de la Tierra requieren no es caridad, sino justicia social.

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