La elección como Papa del alemán Joseph Razinger, hasta ahora prefecto de la Congregación de la Fe –es decir, Gran Inquisidor de la Iglesia Católica- ha decepcionado a muchos y sorprendido a casi todos.
Contra la tradición de los últimos cónclaves, el "hombre fuerte" del papado recién finiquitado ha pasado a sentarse en el trono de Pedro, y según vamos sabiendo, la resistencia que ha encontrado ha sido mínima. En apenas dos días, el cónclave se ha inclinado ante un Joseph Razinger, alias Benedicto XVI, que por lo demás hace años que recibe apelativos tan poco cariñosos como el panzer-cardinal (en la Curia vaticana), el rottweiler de Dios (según el Daily Telegraph), el gerente de la Iglesia (según COM Ràdio), o directamente Nazinger (en ambientes cristianos de base).
¿Quién es Joseph Razinger?
El actual Papa nació en 1927, en un pueblecito de Baviera muy cercano a la frontera austríaca (de hecho, sólo unos pocos kilómetros separan su pueblo natal de aquél en el que nació Adolf Hitler). Su padre era un comisario de policía rural, un tipo adusto, seco y fanáticamente religioso (en curiosa similitud con el padre de Karol Wojtyla, un militar con transtornos mentales causados por la disciplina cuartelera y el fanatismo católico). No parece arriesgado suponer que aquél policía de la Alemania inmediatamente posterior a la aplastada Revolución de 1919, fue cualquier cosa menos un modelo de demócrata para el pequeño Ratzinger.
Ya adolescentes, el joven Joseph y su hermano mayor terminaron vistiendo el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. Según el interesado, ello se debió a las presiones que hubo de soportar su familia en ese sentido. Conociendo un poco su medio familiar y social, y sobre todo su evolución ideológica posterior ya como adulto, parece razonable pensar que Ratzinger debía estar encantado con su carnet de nazi. Por cierto que al día siguiente de su coronación como Papa, un periódico alemán dedicó su portada entera a una foto del Ratzinger adolescente uniformado de joven nazi de pies a cabeza, sin añadir una sola palabra: obviamente la imagen valía por todo un titular.
Durante la guerra Ratzinger fue movilizado "forzoso", según él mismo escribe en su autobigrafía. Al parecer nunca tuvo el impulso de desertar, salvo cuando la contienda ya estaba casi concluida; entonces el joven Ratzinger abandonó su unidad y huyó para entregarse a los norteamericanos, evitando así caer prisionero de los rusos.
Tras la guerra y siendo ya sacerdote, Joseph Ratzinger frecuentaba círculos progresistas, participando en las tertulias que funcionaban en diversas cervecerías bávaras, según tradición del país. En esos encuentros informales, ya en los años sesenta, conoció a Hans Küng, el filósofo y teólogo progresista alemán, con quien al parecer sostuvo una estrecha relación. Küng, intelectual infinitamente más sólido y solvente que Ratzinger, fue años más tarde perseguido con especial saña por quien desde su cargo de Gran Inquisidor se convirtió en su enemigo más despiadado.
¿Qué hacía Ratzinger en esos años entre católicos progresistas e izquierdistas ? Una teoría dice que por aquella época, el futuro Papa ya trabajaba por cuenta ajena o propia como espía informador acerca de elementos "indeseables" presentes en el seno de la Iglesia católica. Lo cierto es que en esos años Ratzinger "fichó" a innumerables enemigos, a los que luego acosaría; otro de los más conocidos, además de Küng, fue el brasileño Leonardo Boff, iniciador de la "Teología de la Liberación".
El acceso a la Curia y al cardenalato le llegó a Ratzinger mucho antes de que la estrella de Wojtyla brillara en lo más alto. El pastor alemán (otro cruel epíteto de doble sentido, originado dentro de la propia Curia) no le debía por tanto el origen de su poder al Papa polaco, aunque la plena sintonía entre ambos les convirtió pronto en un equipo poco menos que indestructible. Ratzinger convirtió a la vieja Curia (antaño dividida en grupos enfrentados en incesante pelea entre ellos) en una Panzer Division dotada de una estrategia, un mando y una voz únicas. Mientras Juan Pablo II recorría el mundo, Ratzinger gobernaba la Iglesia sin salir del Vaticano.
Wojtyla, agradecido, resucitó para él el extinguido Santo Oficio de la Inquisición, "actualizado" ahora como Congregación para la Doctrina de la Fe, y le puso al frente como Prefecto con plenos poderes y una misión: mantener lo más férreamente posible la unidad ideológica y doctrinal de la Iglesia católica. El hijo del polizonte de pueblo se aplicó con todas sus energías a la tarea, y uno tras otro fue abatiendo a los contestatarios. Más de cien procesos inquisitoriales contra elementos católicos progresistas avalan su actividad incansable e inflexible. Su principal éxito: haber fulminado la Teología de la Liberación. Pere Casaldàliga, obispo de San Félix de Aguaio, en Brasil, explicaba estos días en las radios españolas su interrogatorio a manos de Ratzinger, y realmente daban escalofríos al oírle: el Gran Inquisidor se le reveló como un individuo frío, irónico y desenvuelto, al que en realidad ni siquiera parecían importarle demasiado las ideas de su víctima, tal vez porque como le dio a entender el pecado de Casaldàliga no era tener ideas progresistas sino manifestarlas; una manera de pensar muy típicamente fascista, por otra parte.
De su pensamiento actual dio buena cuenta durante la misa con la que se abrió el cónclave. Ratzinger aprovechó la ocasión para lanzar un mitin airado, en el que expuso con toda crudeza y contundencia las líneas maestras de un programa ideológico de afirmación de lo peor del pensamiento católico contrarreformista, ahondando en la condena wojtyliana al mundo moderno y a cuantas ideologías cree en competencia directa con la suya: del descreimiento y el relativismo europeos al materialismo en cualquiera de sus formas, del liberalismo y el capitalismo contemporáneos a todo modo de organización comunitarista, de la adhesión a otras religiones a la vivencia tolerante del catolicismo…a todos fulminó Ratzinger, con la energía y el rigor del viejo hechicero de la tribu que no admite otra idea de la vida, del mundo, de la organización social y desde luego de la trascendencia, que la que él propaga.
Llegados al cónclave que le eligió Papa, parece que la única organización que se atrevió a enfrentarle un candidato fueron sus viejos aliados del Opus Dei: pero ya en la primera votación Ratzinger trituró a Angelo Sodano, su efímero adversario, y el Opus se pasó con armas y bagajes a su bando, en el que ya figuraban en bloque los votos que aportaba la Curia vaticana y algunos ultraconservadores. Al parecer, un par de días antes de comenzar el cónclave había habido una reunión de cardenales latinoamericanos en una embajada de uno de esos países, con la pretensión de encontrar un candidato que frenara a Ratzinger, pero no hubo consenso entre ellos por razones ideológicas y sobre todo por causa de las divisiones nacionales. Fue el único intento serio de cerrarle el paso.
Que Ratzinger hacía tiempo que se trabajaba el cargo, es un hecho evidente. Su osadía y ambición han propiciado anécdotas curiosas; comienzan a aflorar algunas muy clarificadoras.
Hace cinco años, un hostelero de un pueblo leonés situado en el Camino de Santiago recibió una tarjeta postal enviada desde Roma, remitida por un peregrino con el que había trabado cierta amistad; la tarjeta iba firmada "Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI". Aunque el hostelero nunca le había dado crédito, al enterarse del nombre escogido por el nuevo Papa ha accedido a que peritos calígrafos examinen la postal; según han dictaminado éstos, quien la escribió de puño y letra fue muy probablemente Ratzinger.
Según otra historia muy difundida, en 2003 Ratzinger recibió a una delegación de empresarios cerveceros alemanes. Tras una copiosa cena en la que todos bebieron de más, el entonces cardenal les confió que Juan Pablo II estaba muy enfermo y que él le sucedería.
Más cínica y desalmada es la pretensión de Ratzinger, anunciada a micrófono abierto horas después del fallecimiento de Juan Pablo II, de que las últimas palabras pronunciadas por el Papa polaco habían sido para él, agradeciéndole su trabajo y los años pasados juntos. Casi a la misma hora, Navarro-Valls, el portavoz vaticano, declaraba que las últimas palabras de Wojtyla habían sido para los jóvenes: "Os he llamado, y ahora habéis venido", habría dicho el agonizante. Unos días más tarde, sin embargo, el médico personal de Wojtyla zanjaba la cuestión desmintiendo a ambos: no habían habido últimas palabras del Papa, por la sencilla razón de que Juan Pablo II había pasado en coma sus última horas.
De esta pasta se ha fabricado a Benedicto XVI. Para quienes pensábamos que era imposible que después del Pontificado de Juan Pablo II las cosas fueran a peor, ha venido el panzer alemán a demostrarnos que sí podían empeorar. El nuevo Papa ni siquiera tendrá la habilidad comunicadora y la inclinación por el show mediático de su antecesor: si Karol Wojtyla fue un tipo autoritario, reaccionario y antipático del que se enamoraban las cámaras de televisión, Joseph Ratzinger es un individuo autoritario, reaccionario y antipático al que odian las cámaras de televisión.
A a su manera, Ratzinger es seguramente mucho más peligroso que Wojtyla: el polaco era un egocéntrico engreído y orgulloso de sí mismo hasta el ridículo, pero previsible y seguramente manejable por sus allegados. Ratzinger por contra es desconfiado y lejano, y muestra una timidez y una falsa modestia que no hacen sino encubrir sus complejos de muchacho campesino que sigue odiando a los tipos listos de ciudad como Hans Küng.
En suma, el nuevo Papa puede, realmente, acabar en breve haciendo santo en todos los sentidos a su antecesor. Al menos cuando se le compare con él.