Decía el escritor Manuel Vázquez Montalbán que todos los habitantes del planeta deberíamos tener derecho a votar en las elecciones norteamericanas, ya que todos somos súbditos del Imperio y, por tanto, estamos especialmente interesados en lo que resulte de sus procesos electorales.
Ciertamente, las actuales presidenciales de EEUU se están siguiendo con más interés fuera del país que en él. El mundo se juega mucho en ellas, aunque aparentemente se reduzcan a escoger entre un multimillonario petrolero descerebrado y el aristocrático consorte de la Reina del Ketchup. Que Kerry sea la Gran Esperanza Blanca de la Humanidad en estos momentos, da idea del bajísimo perfil que presenta la política norteamericana.
En realidad, en los meses previos a la campaña e incluso cuando comenzó ésta, nadie daba un céntimo por Kerry. Su incapacidad para conectar incluso con los votantes tradicionales del Partido Demócrata y su "moderación política" –es decir, su derechismo más ortodoxo-, hacían pensar que Kerry había perdido ya antes de disputarse el combate. A Kerry le habían aupado a la nominación demócrata el aparato del partido y los grupos de presión que pululan alrededor, temerosos del "radicalismo" de Howard Dean –el único político demócrata que en las primarias condenó abiertamente la guerra de Irak y el Estado policial-industrial que la Administración Bush ha impuesto en EEUU-, y convencidos de que el resto de aspirantes, anodinos y sin nada nuevo que decir, serían incapaces de batir a un Bush que tiene en sus manos los resortes del Estado y de la opinión pública media norteamericana.
Sin embargo, Kerry ha ido ganando terreno poco a poco, en la medida en que ciertas franjas de la población norteamericana han ido movilizándose, unidas en el objetivo de desalojar de la Casa Blanca a la extrema derecha cristianoide que representa George Bush. En esa movilización tienen un papel esencial grupos y organizaciones liberales de las clases medias blancas, sectores concienciados de las minorías (negros e hispanos, principalmente), jóvenes universitarios, pequeños propietarios agrícolas y algunos sectores de unas clases trabajadoras industriales duramente castigadas por una "economía real" en crisis.
Son esos sectores descontentos los que han situado a Kerry en el empate técnico con Bush. Paralelamente, la imagen de Kerry ha mejorado progresivamente, incluso formalmente, a medida que el candidato demócrata ha ido ganado soltura ante su rival, un Bush cuya verdadera estatura –sobrecogedora en su nimiedad-, se ha podido medir de modo hasta cruel para él en sus apariciones públicas durante la campaña, especialmente en los tres debates televisivos que han enfrentado a ambos candidatos.
Kerry ha machacado en la herida de Irak, que es por donde muchos norteamericanos empiezan a despertar del sueño drogado en que los sumergieron la Administración Bush y los medios a partir del 11-S. Ciertamente el candidato demócrata no cuestiona siquiera la oportunidad de la invasión –votó a favor en su momento-, sino que clama contra los efectos perniciosos que ésta ha tenido para EEUU: un millar de soldados norteamericanos muertos, el desprestigio internacional del país y un Irak ocupado donde la situación cada día es más dramática (y el barril de petróleo sin cesar de subir, cabe añadir: ése ha sido el mayor fracaso de una aventura que pretendía precisamente el efecto contrario). Para Kerry, es la torpeza de Bush y compinches la que ha llevado al callejón sin salida actual.
Pero Kerry también ha sido capaz de hablar de temas como sanidad pública, destrucción de empleo, pobreza, aborto y homosexualidad, lo que en un político norteamericano de su perfil es realmente muy "avanzado". Ahí se han abierto ventanas por las que pueden asomarse muchos norteamericanos, que en principio no se sienten inclinados a participar en unas elecciones que para la mayoría de la población resultan ajenas a sus intereses.
Y es que el principal problema de los procesos electorales en EEUU es su falta de legitimidad popular. Si Bush fue elegido por una decisión del Tribunal Supremo en unas presidenciales en las que oficialmente votó el 51% de los norteamericanos con derecho a voto (el promedio de participación no suele ir nunca más allá de 55%), y si quienes se excluyen de los procesos electorales son precisamente las clases trabajadoras y los sectores sociales más desfavorecidos, es porque el sistema en su conjunto –más allá incluso de las manipulaciones y fraudes, como el cometido en el Estado de Florida y en otros estados en el año 2000)-, está gravemente enfermo.
Es precisamente esa falta de salud democrática la que propicia que un individuo tan absurdo e inepto como George Bush pueda escala hasta la presidencia de la nación más poderosa de la Tierra; quien realmente gobierna en EEUU son poderes no sujetos a procesos electorales y de los cuales Bush es, a lo sumo, su representante visible. Nada hay en George Bush que permita pensar que, en tanto que presidente de USA, tenga algún grado real de autonomía de decisión personal en lo que se refiere a la marcha del país.
Y precisamente, éste es el reto de Kerry si gana. ¿Será capaz el candidato demócrata de librarse de la tutela de ese gobierno real formado por las grandes corporaciones, que ha venido a substituir al antiguo complejo militar-industrial que gobernó EEUU al menos desde el asesinato de Kennedy?.
Si fuera así, podría abrirse una nueva etapa esperanzadora, tanto en política interior norteamericana como en política exterior. Quizá un nuevo período como el que supuso la presidencia de Clinton, en el que la distensión permitiera recobrar el aliento a un mundo al que los intereses que manejan a la Administración Bush han llevado al borde del precipicio.