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Okupas: de la automarginación al lumpenproletariado

Publicada el 16 julio, 2006

Durante el mes de agosto, esa cosa extraña que se ha dado en llamar «movimiento okupa» ha dado bastante que hablar en Barcelona. A partir del desalojo de la «okupación» del edificio abandonado donde estuvo la antigua fábrica Hamsa, algunos incidentes han puesto de relieve lo absurdo de la tolerancia existente hasta ahora hacia este de fenómeno supuestamente antisistema y «alternativo», que por contra, está comenzando a revelar su verdadera dimensión autoritaria y antisocial.

  

Para quien no conozca asunto, hay que aclarar que las «okupaciones» de locales abandonados en España y en otros países europeos no tienen nada que ver con, por ejemplo, las ocupaciones de fábricas en Argentina. Aquí no se trata de poner en marcha nada productivo que se haya parado, sino de aprovechar un espacio techado desde el que «proponer» un modo de vida supuestamente alternativo. La producción no interesa a los «okupas»: lo suyo es la distribución.

Los incidentes promovidos por «okupas» este verano durante las sucesivas fiestas mayores de los barrios de Gràcia y de Sants revelan que estos colectivos, que han ido enquistándose en barrios populares desde hace al menos una década, han decidido pasar a la acción. A pesar de que en una primera fase buscaron la complicidad de los vecinos, sosteniendo planteamientos reivindicativos propios del movimiento asociativo ciudadano (en materia de vivienda y de servicios socioculturales, especialmente), lo cierto es que no han conseguido romper su aislamiento. La incapacidad de los «okupas» para penetrar en el tejido asociativo de los barrios ha forzado la segunda fase: una política de confrontación abierta con éste, y por extensión, con los ciudadanos.

  

Contra lo que suele creerse, los «okupas» no son en su mayoría precisamente hijos de la clase obrera carentes de techo y de futuro. Abundan entre ellos los hijos de clases medias y aún de personalidades que ocupan lugares de importancia en lo que ellos llaman «el sistema», concepto en cuya amplitud engloban cuanto no está directamente relacionado con el mundo «okupa»; tan «sistema» consideran a la CNT (sindicato anarcosindicalista), por ejemplo, como al Cuerpo General de Policía. Eso sí, en la mayoría de los casos suelen tener padres solícitos y bien relacionados que acuden a sacarlos del calabozo después de la algarada callejera, o contratan abogados que les defiendan si llegan a ser llevados ante un tribunal: el desalojo policial del ex cine Princesa -y la inmediata puesta en libertad de algunos detenidos, con muy burgueses apellidos- fue un episodio altamente significativo en ese sentido.

  

Qué carencias psicosociales llevan a esta gente a evolucionar desde ambientes acomodados y de plena integración social a plantearse y vivir formas de vida desestructuradas y marginales, es un problema del ámbito de la medicina más que de la política. Lo cierto es que en el movimiento «okupa» se entra muy joven pero, una vez interiorizado el estilo de vida, se permanece hasta edades que empiezan a ser elevadas. Y ello porque ese estilo de vida es muy gratificante: permite rehuír sin mayores complicaciones las múltiples dificultades que deben afrontar los jóvenes estudiantes y trabajadores que intentan abrirse camino en la sociedad actual.

  

Durante años, además, les ha rodeado una cierta aureola de simpatía más o menos difusa transmitida por los medios de comunicación e incluso por creadores de opinión pública –incluidos políticos- muy diversos. Se les veía como una especie de hippies contemporáneos, agrupados en sus comunas urbanas ubicadas en edificios abandonados. La automarginalidad siempre es atrayente, y puede incluso generar leyenda: recuérdese el caso, a principios de los ochenta, de aquellos que se abocaban al mundo de las drogas -singularmente la heroína- como supuesta expresión de «rechazo» a la sociedad existente, y la absurda admiración que despertaban incluso entre elementos institucionales con responsabilidades en el ámbito de la juventud y la cultura.

  

La consolidación de ese modo de vida ha llevado a la creación de una amplia red de «locales okupados» en toda la geografía española, lo que, entre otras cosas, propicia un «turismo alternativo» de elementos «okupas», algunos en perpetuo movimiento por todo el país. Desde hace años han tomado por asalto fiestas tan conocidas como los Sanfermines de Pamplona, el Pilar de Zaragoza o los diversos Aste Nagusias en ciudades del País Vasco. Son ocasiones para emborracharse, traficar con drogas, ligar… y en algunos casos, establecer contactos con grupos radicales y violentos de todo el país: los vínculos entre algunos grupos «okupas» y la «kale borroka» (propiciada por grupos afines a ETA) están claros desde hace tiempo, y también hay contactos con otros grupos violentos ajenos al terrorismo etarra.

  

Es así como en diversas ciudades españolas se van consolidando núcleos de un lumpenproletariado que, aunque reducido en elementos integrantes, ha ido ganando un espacio de gran efecto propagandístico en los medios de comunicación. La torpeza de las autoridades políticas, que en ciertos momentos –singularmente en Barcelona- han pretendido contemporizar con esta gente, ha acabado por facilitarles un cierto reconocimiento público que, obviamente, han aprovechado para crecer y organizarse. Actualmente han pasado a la ofensiva, mostrando los dientes a una sociedad urbana cada vez más replegada en sus temores y progresivamente incapaz de hacer frente a las amenazas a la convivencia cívica y democrática.

  

El lumpen es siempre una marioneta disponible. Si es ETA, la extrema derecha o cualquier otro grupo violento «alternativo» quien acabe controlando los hilos de este «neolumpen», es solo cosa de tiempo, contactos, influencia y logística. Algunas alarmas empiezan a encenderse. Vamos a ver si se toman medidas de una vez.

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