Memoria de mis putas tristes" (novela), de Gabriel García Márquez
109 páginas Editorial Mondadori, Barcelona, 2004
Hace cosa de dos o tres años, en coincidencia con la grave enfermedad por la que atravesó Gabriel García Márquez, circuló por los foros de Internet una especie de testamento literario suyo; en él, supuestamente, Gabo reconocía en público sus errores, adjuraba del izquierdismo y proclamaba su conversión al catolicismo más ortodoxo. Naturalmente, el texto de marras era más falso que el alma de quien lo pergeñó, probablemente algún meapilas desocupado y en delirio producido por la ingestión de una dosis excesiva de agua bendita; lo más divertido del caso es que el esforzado suplantador, que intentó imitar como buenamente pudo la escritura de García Márquez, no consiguió engañar a nadie que previamente no estuviera dispuesto a dejarse engañar: cualquiera que hubiera leído antes una página del escritor colombiano, sabía que de su pluma no había podido salir la estúpida patraña.
Y es que la escritura de Gabo es tan personal e intransferible que intentar imitarla es entregarse en brazos del ridículo. Ningún otro autor en idioma castellano de los últimos cien años ha conseguido una voz tan propia y reconocible como la que él posee desde su juventud. Quien le ha leído puede abrir una novela, un cuento o un artículo suyo desconociendo que es de García Márquez, y después de leer unas líneas decir: con seguridad, es de Gabo, sólo él escribe así. No sirven por tanto imitadores ni falsificadores.
"Memoria de mis putas tristes" es por ahora su última novela. Apenas cien páginas de texto en letra de tipografía grande. Hacía justo diez años desde la publicación de su anterior novela, "Del amor y otros demonios", que también era un libro de pocas páginas. Entre una y otra ha visto la luz el primer volumen de sus memorias, y alguna recopilación de artículos. Poca producción, aparentemente, pero muy reflexionada.
La vuelta de García Márquez ha estado precedida, de nuevo, por el escándalo de los bienpensantes, que al parecer le tienen ganas como a pocos. Parece que Gabo haya querido facilitarles el pataleo, tal vez riéndose de ellos, pues el tema de la novela es casi un bolero políticamente incorrecto: el amor entre un viejo periodista que acaba de cumplir 90 años y una niña obrera de 14 metida a puta. Cualquiera pensaría que de ahí lo único que puede salir es una novelita pornográfica con el morbo como gancho; pero los materiales con los que trabaja Gabo son evidentemente otros.
A diferencia del patriarca de Novecento (la inmortal película de Bernardo Bertolucci), quien decide colgarse de una viga del granero una vez comprobada su impotencia por causa de los años, el periodista de García Márquez resuelve afrontar la recta final en la carrera de la vida autoregalándose una experiencia vedada. En pocas páginas, el protagonista de "Memoria de mis putas tristes" pasará del acceso a lo prohibido como estímulo para sentirse vivo al descubrimiento de una ternura ya olvidada o tal vez nunca sentida anteriormente. Ese es el núcleo de la novela.
En realidad, la trama es apenas una excusa para que el escritor nos hable de los dos temas que al parecer absorben su interés desde hace ya unos cuantos años: el paso del tiempo y el oficio de escribir. Secundariamente, la necesidad de amor a cualquier edad y la comunicación imposible entre personas de generaciones distintas aparecen asimismo como trasfondo de la acción. Pero es en la contemplación de las idas y venidas interiores del periodista -superviviente de sí mismo y de otra época-, y en el retrato inclemente del amante venido a menos –autoninguneado, en realidad-, donde se vuelca toda la melancolía –que no nostalgia- de un texto novelístico que sin tener momentos soberbios, tampoco defrauda. Sólo el forzado "happy end", precipitado y nada coherente con el fluir de la narración, desmerece un poco el conjunto.
La prosa de Gabo es como siempre, limpia, tersa y redonda. Las palabras que emplea son exactas y pulidas y a la vez garbosas; hay algunos hallazgos brillantes, y no faltan la autoironía y el tono delicadamente humorístico que amansa lo que podría ser una tragedia. Por lo demás, se le nota un poco el oficio que dan los años, y también algunas pequeñas trampas con las que pastorea sabiamente el interés del lector
En resumen, no es la mejor obra de Gabo, pero hay que leerla si es que uno gusta de la buena literatura.