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Del Olivo a La Unión. La izquierda y el centro italianos se agrupan para ganar

Publicada el 7 julio, 2004

La política italiana suele avanzar las sacudidas y también los experimentos que más tarde viven otros países europeos. La izquierda italiana, en concreto, siempre ha sido la más creativa y mejor organizada, y su fuerza y capacidad de movilización fue tomada en el pasado por ejemplo para todo el amplio y diverso espectro de la izquierda europea.

Sin embargo, desde la desaparición del Partido Comunista (PCI) y el posterior estallido del sistema político y electoral italiano con los escándalos de Tangentópolis, la izquierda transalpina vive tal grado de fragmentación y enfrentamiento que las infinitas propuestas partidarias que surgen de ella se neutralizan unas a otras, en un caos de banderías y pequeños caudillismos que, por si fuera poco, en los últimos años ha incorporado la pugna regionalista en el interior de las agrupaciones políticas de ámbito nacional. La consecuencia de esa situación anómala fue el cansancio y el alejamiento de la política del electorado de izquierdas, harto de abusos y de esterilidad.

Sólo así, por ese vacío, se explica la llegada al gobierno italiano de esa Armada de Brancaleone que comanda el reputado estafador y tahúr de las finanzas Silvio Berlusconi; esa banda mercenaria y extravagante compuesta por postfascistas escasamente “posts” (Alianza Nacional), populistas reaccionarios (Forza Italia, el partido de aluvión creado por Berlusconi), y la ultraderecha regionalista del norte de Italia (Liga Norte).

 

Frente a ese estado de cosas se construyó El Olivo, una alianza que integró a los postcomunistas de DSI, los comunistas de Refundación Comunista, los restos dispersos del PSI (ahora SDI), ecologistas, católicos de izquierda y otros grupos menores. Los excomunistas de DSI tuvieron el buen juicio de ceder el liderazgo de la coalición a Romano Prodi, un intelectual independiente, católico de izquierda y próximo a los sectores más reformistas de DSI. El Olivo gobernó Italia a finales de los noventa, pero Fausto Bertinotti, lider de los comunistas de Refundación, decidió que una “pasada por la derecha” berlusconiana aceleraría las “contradicciones del sistema”, y de paso forzaría a los italianos de izquierda a apoyar su opción política, empeñada el reconstruir el viejo Partido Comunista. Bertinotti forzó la caída del gobierno en el que participaba, y las elecciones inmediatas las ganó Berlusconi.

 

El resultado de la caída del Olivo fue que efectivamente las contradicciones de la sociedad italiana se aceleraron de modo brutal (pérdida de empleo y de la calidad de la economía nacional, destrucción de los derechos sociales de los trabajadores, regreso de la Mafia al protagonismo económico, político y social, corrupción gubernamental generalizada, apropiación monopolística de los medios de comunicación públicos y privados por Berlusconi…). Pero la izquierda salió muy tocada de esa etapa, y la oferta comunista de Bertinotti no avanzó un palmo; el “brillante” estratega se reveló como un perfecto aprendiz de brujo.

 

Ante la atonía política, los siempre activos grupos sociales de la izquierda italiana tomaron la iniciativa desplegando un sinfín de propuestas novedosas, que han ido movilizando colectivos sociales concretos y ocupando la calle. En cierto modo, ha sido la presión de las bases y de los nuevos movimientos sociales la que ha forzado a los políticos italianos progresistas y de izquierda ha plantearse de nuevo el trabajo en colaboración, y el diseño conjunto de una nueva propuesta electoral capaz de barrer al gobierno de “il Berlusca (El Ladrón), Silvio Berlusconi.

 

Paralelamente el sistema de partidos se ha ido reconstruyendo, y la reaparición de fuerzas de derecha democrática (eso que eufemísticamente se denomina el “centro” político), ha permitido ir un paso más allá y extender la propuesta de coordinación fuera de los límites de la izquierda, incorporando a esa derecha de origen laico en unos casos (grupos provenientes de los antiguos partidos liberal, republicano, socialdemócrata, radical) y cristiano en otros (los procedentes de la explosión de la antigua Democracia Cristiana), y también a agrupaciones nuevas que aportan ideas más actuales.

 

La elecciones municipales y autonómicas de abril de 2005 dieron una contundente victoria a los candidatos progresistas y de izquierda. Desde ese triunfo, que abrió esperanzas razonables de desalojar del poder a la coalición conservadora gobernante, y ante la perspectiva de la inevitabilidad de elecciones generales en 2006 –finalmente convocadas por Berlusconi para abril próximo-, se comenzó a tejer una nueva alianza que diera forma orgánica al acuerdo entre fuerzas comprometidas con el cambio.

 

Esa nueva alianza ha sido denominada la Unión, y de nuevo se ha puesto bajo el liderazgo de Romano Prodi, cuyo prestigio no ha cesado de crecer tras su etapa como presidente de la Comisión Europea. Prodi, que ha demostrado ser un político de raza, logró, en un verdadero golpe de efecto, que los líderes de la Unión convocaran unas elecciones primarias que ratificaran popularmente y dieran resonancia a su asunción del papel de líder de la nueva fórmula electoral, confrontado en ellas con quien quisiera presentarse contra él. La apuesta era arriesgada, pero de ganarla obligaba a todos los jefes de los partidos de la Unión a cerrar filas tras él.

 

Lo novedoso y hasta singular de estas primarias ha sido el modo en que se han desarrollado: abiertas a cuanto ciudadano deseara participar en ellas, y dotadas de toda la parafernalia que requiere un proceso electoral impecablemente democrático (miembros de mesas, interventores, papeletas, urnas, recuento público); durante la jornada electoral los votos se recogieron en urnas instaladas en locales populares de todo tipo (bares y peluquerías, locales de asociaciones y de partidos, centros culturales y juveniles…). El éxito del invento fue arrollador: votaron cuatro millones de ciudadanos, y el 75% de ellos lo hicieron por Prodi, en tanto Bertinotti no alcanzó el 20%, y otros cuatro líderes apenas superaron el 1% cada uno.

 

Uno de los candidatos humillados por “il professore” Prodi ha sido, por cierto, el antiguo fiscal Di Pietro, la versión italiana del juez Garzón, reconvertido en político “centrista” y cuya credibilidad social se ha demostrado nula: así suelen terminar los “magistrados incorruptibles”…

 

El desafío lanzado por la Unión y Prodi tiene pues sólidos cimientos. La última jugada de Berlusconi -cambiar de nuevo el sistema electoral, esta vez de mayoritario a proporcional, para así intentar fragmentar a la Unión-, no parece que vaya a impedir la victoria de la fórmula diseñada por Prodi y los “cerebros” de DSI. El asesinato en Calabria de un dirigente de la Unión el mismo día en que se celebraron las primarias, confirmaría que la Mafia ventea que los buenos tiempos están a punto de terminar; se acaba la era berlusconiana, y el crimen organizado no puede sino resultar perjudicado por ello.

 

En abril Berlusconi va a perder el poder, y probablemente comience para él una larga etapa de visitas a los tribunales. Y quien sabe, quizá también a las cárceles italianas.

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