Cuenta Bebo Valdés que siendo un niño de corta edad aprendió a tocar el piano de oído, sin que nadie en su casa lo supiera, solo reteniendo en su memoria los distintos sonidos que producían las teclas al ser golpeadas. Así que en cuanto oía a alguien interpretar una pieza, luego él se ponía a escondidas a tocar las teclas hasta que daba con las combinaciones adecuadas y reproducía entera la interpretación.
Semejante prodigio triunfó muy joven, y en la Cuba precastrista alcanzó tal notoriedad, que se lo disputaban los mejores clubs en aquellos años en que la noche habanera era rutilante y mafiosa. Precisamente esa acusación de ser un "músico de la Mafia" (como si hasta 1959 hubiera habido alguien en Cuba que pudiera triunfar sin permiso al menos de quienes controlaban el negocio del espectáculo), le empujó fuera del país tras el triunfo de la Revolución.
Bebo se estableció enseguida en Suecia y allá ha vivido hasta hoy, trabajando y perfeccionando su gusto musical elegante y –para cubano- muy comedido, puliendo la música popular de su país hasta conseguir integrarla en la gran música; y todo ello sin perder un ápice de frescura caribeña e identidad divertida y bailona. En su exilio nórdico, además, Bebo Valdés descubrió el jazz y caminos de fusión posibles entre éste y sus sones cubanos, y también la gran riqueza de la música clásica y sus posibilidades a la hora de dimensionar la herencia musical que se trajo del "solar de Bebo".
Diego el Cigala por contra es un autodidacta de una música antigua, tribal y de orígenes inciertos, un gitano que canta flamenco con una garganta desgarrada y oscura. A pesar de su relativa juventud, Diego lleva tiempo buscando caminos nuevos para el flamenco, sin dejarse atrapar por purismos anacrónicos ni tampoco deslizarse hacia las rumbitas y demás perversiones comerciales.
Que Diego es un tipo muy especial en el panorama musical español, lo demuestra los riesgos que ha corrido para intentar conectar su modo de entender el flamenco con otras músicas. Hay que ser muy inquieto para poner en peligro una brillante carrera como cantaor para meterse en líos de mestizajes sonoros. Aunque el siempre ha navegado por ahí, con incursiones por ejemplo en la banda sonora de "Soldados de Salamina", la película de David Trueba basada en la novela de Javier Cercas sobre un hecho de la Guerra de España.
Fue precisamente el director de cine Fernando Trueba –hermano de David- quien tuvo la ocurrencia de poner en contacto a estos dos genios creativos, a ver qué salía de ahí. Y de inmediato surgió el chispazo entre el atildado músico cubano y el melenudo gitano. Trueba lo intuyó, y ése es su mérito. Que Bebo le lleve más de cuarenta años a Diego, es sólo un dato biológico: la sintonía y complicidad entre ellos sobrepasa un detalle tan nimio como ése.
El primer fruto de esa colaboración fue el disco "Lágrimas Negras", que se ha convertido en un exitazo mundial. Luego han venido giras triunfales y más proyectos. Ellos, inagotables, disfrutan y nos hacen disfrutar a todos.
Y en fin, lo que hacen juntos Bebo y Diego ha sido clasificado por el show business y las discográficas como "música latina". Una tontería, porque cuando se unen el piano exquisito de Bebo y la voz aguardentosa de Diego, se desbordan las etiquetas y las simplificaciones. Lo "latino" es un género con normas –artificiales, obviamente- muy férreas, y el gitano español y el negro cubano juntos y por separado escapan a esos condicionantes y a otros mucho más serios.
La suya es música para el siglo XXI, música mestiza. Música en la que se encuentran fuentes muy diversas que acaban juntando aguas y creando algo nuevo y diferente, y en donde sin embargo cada cual puede reconocer sus propias raíces musicales, y por tanto, culturales. Lo de Bebo y Diego no es un estilo ni una moda, es simplemente un guiño, una invitación: si ellos pueden jugar a esa fusión de elementos tan dispares, otras muchas fusiones –mestizajes- son posibles. Solo es cuestión de imaginación y de calidad.
Al cabo, llevamos medio millón de años creando sin parar músicas mestizas, pues todas las músicas lo son en mayor o menor grado –dan y reciben, viajan y retornan-, aunque algunos puristas se empeñen en petrificarlas en pasados supuestamente ideales también desde el punto de vista musical.Y ahí sí que no: la vocación de estos dos es universal. Dos cosmopolitas sin remedio, y a mucha honra.