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La identidad catalana hoy. Un análisis sociológico

Publicada el 9 julio, 2006

En la primavera de 2002, un equipo de investigadores dirigido por el profesor Manuel Castells llevó a cabo una encuesta sobre la sociedad catalana, en el marco de un estudio general sobre las fuentes de la identidad.

 

La muestra abarcaba un total de 3.000 personas, lo que la hace bastante fiable desde el punto científico.

 Los resultados del trabajo corroboraban lo que vienen afirmando sucesivas encuestas desde hace una década: en materia de identidad colectiva, los catalanes tienen posiciones muy matizadas, se diría que incluso fragmentadas.

En síntesis, el estudio arroja este cuadro en cuanto a percepción de la propia identidad:

 El 3,7% se sienten sólo españoles.El 14% se sienten más españoles que catalanes.El 32% se sienten sólo catalanes.El 5% se sienten más catalanes que españoles.El 36,20% se sienten tan catalanes como españoles.

El 6’6% no se sienten ni catalanes ni españoles.

 

Como decía, estas cifras se mantienen con leves variaciones a lo largo de series históricas que ya empiezan a ser de larga duración, y que podrían resumirse así:

 Uno de cada cinco catalanes se siente más directamente vinculado a la identidad española que a cualquier otra.Algo más de un tercio de los catalanes se siente más vinculado a la identidad catalana que a cualquier otra.Algo más de un tercio de los catalanes se siente vinculado a las identidades catalana y española simultáneamente.Una cifra pequeña pero creciente no se siente vinculado ni a la identidad catalana ni a la española.

En este último caso, se trata con toda seguridad de inmigrantes extranjeros. Dado que el fenómeno de la inmigración a España y singularmente a Catalunya desde países externos a la Unión Europea se ha multiplicado fuertemente en el último quinquenio, probablemente habría que corregir ese 5’6% hacia el 10% o el 12%, que es el porcentaje de la población inmigrante residente en Catalunya en enero de 2006. De todos modos, ese aumento en este apartado concreto representaría leves rectificaciones en el resto de porcentajes.

 

Cuando a renglón seguido la encuesta de Castells pedía a los entrevistados que definieran una sola fuente de identidad propia, el resultado fue sorprendente. Entre otros ítems de menor cuantía, las cifras eran:

 Un 56% se refería como tal fuente exclusiva a su familia.Un 8,9% mencionaba su país, lengua o cultura (cualquiera que fuera).Un 8’7%, a su condición de individuo.Por lo que hace a sectores de edad, los jóvenes rompían también algunos mitos: El 23’7% manifestaban una fuerte identidad catalana.El 18,2 aludían a su condición de individuo.

El 15% se identificaba primordialmente con la gente de su edad.

 

Es interesante subrayar que, según el estudio de Castells, la vinculación con una fuerte identidad basada en ideología política y prácticas lingüísticas (cualesquiera que fueran), disminuye rápidamente con la edad.

 

A partir de estos datos Manuel Castells extrae algunas conclusiones francamente interesantes, que en substancia aluden al proceso de transformación que estaría sufriendo la identidad nacional catalana, entendida como apuesta cívico-cultural local en un mundo progresivamente globalizado. Para Castells, los orígenes de la identidad nacional catalana moderna están en la resistencia contra sucesivas etapas de opresión, cuyo inicio tendría lugar con la Guerra de Sucesión y sus consecuencias de orden político y cultural, y cuyo paroxismo sería la larga dictadura franquista.

 

Por razones complejas, tanto internas como externas a la sociedad catalana (la incompleta Revolución Burguesa en toda la Península, entre otras), ese desarrollo histórico no habría sido capaz, sin embargo, de alumbrar un proyecto sólido de construcción de un Estado-Nación propio. Así, habría terminado generándose un particularismo (catalanismo), a medio camino entre el regionalismo y el nacionalismo, que aunque impregna buena parte de la sociedad catalana carece del aliento colectivo suficiente para impulsar el proceso de creación de un Estado nacional independiente.

 

La tesis de Castells, que como es sabido no es historiador ni politólogo sino sociólogo, es que las identidades nacionales son una especie de modo de defensa colectivo contra la opresión, y que cuando ésta se exacerba se desencadenan como reacción de los oprimidos ante la agudización opresora. El punto crítico alcanzado por los conflictos vasco y catalán durante la segunda legislatura de Aznar (2000-2004), parece avalar esta conclusión.

 

Sin embargo, y sin entrar ahora en cúal ha sido la práctica histórica de los llamados "nacionalismos periféricos", y singularmente del catalán –cuya pujanza social suele manifestarse con mayor fuerza en los períodos de bonanza reformista en España, más que en aquellos que se corresponden con la represión colectiva en todo el país-, sí habría que matizar a Castells en el sentido que sus propios datos apuntan: la vivencia de la identidad propia que tienen los catalanes es tan fragmentaria y en cierto modo tan equilibrada entre los distintos ítems posibles, que parece neutralizar cualquier intento de emprender desde ella la construcción de un Estado-Nación homogéneo, sea español o catalán.

 

De ahí las dificultades del PP para mantener una representación políticamente digna en la comunidad catalana, y las paralelas del independentismo catalán para despegar de una vez por todas como fuerza política.

 En resumen, en el escenario sociológico catalán actual, cualquier acción política tendente a imponer en Catalunya una visión nacional única (sea cual sea) y a traducir ésta en la construcción de un aparato estatal a su servicio, está destinada a provocar una fuerte reacción social y, en última instancia, a cosechar un fracaso estrepitoso.

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