Todo el año es Carnaval", afirma un dicho popular muy antiguo. Y cada día que pasa tiene probablemente más razón, aunque este Carnaval ya no es el Carnaval que fue.
En efecto, si la sociedad en que vivimos es, en el peor sentido de la expresión, cada día más carnavalesca, el Carnaval se parece cada vez menos a sí mismo. En España, vaciado de su substancia original y pasado por las prohibiciones de la época franquista, lo que ha quedado de esta fiesta poco tiene que ver con las celebraciones que arrancaron en la Edad Media y se prolongaron hasta las primeras décadas del siglo XX.
El Carnaval español contemporáneo ha devenido una fiesta extraña, escindida en dos tipos de celebraciones, dirigidas cada una de ellas a públicos muy distintos:
Un Carnaval que se celebra en "ciudades especializadas" y que ha dado lugar a la proliferación de extraños aquelarres-reclamo para el turismo masivo más desaforado – el basado en el consumo de grandes dosis de alcohol, drogas, y sexo como estimuladores de la juerga-, y que para mayor aberración, usa y abusa del espacio público para estas celebraciones.
Y otro muy diferente, una especie de asignatura escolar que se obliga a conocer y practicar a los niños sin que nadie sepa muy bien porqué, y que tiene lugar en los recintos de los colegios. Este otro Carnaval huele a festejo edulcorado y reiventor de "tradiciones" de las que "hacen país", todo a mayor gloria de los padres y maestros de los sufridos afectados. En sí no ofrece mayor interés, al menos en comparación con el otro, con el "turístico".
Entre los Carnavales como reclamo turístico han adquirido renombre internacional los de Canarias y el de Cádiz. Vistos sus excelentes resultados económicos, el modelo generado no se ha detenido ahí, y rápidamente se ha ido extendiendo por todo el país; incluso las más gazmoñas ciudades castellanas tienen su Carnaval "popular y tradicional", creado hace una o dos décadas y promocionado cuando no directamente organizado por las Administraciones públicas. Ingrediente fundamental de estas fiestas son los desfiles de carrozas de fantasía y de muchachas enseñando la mayor cantidad de piel posible, a pesar de que hace quince días estaba nevando en toda la península.
El Carnaval español se presenta pues como una caricatura de los Carnavales de Río y de Venecia, a los que pretende emular no tanto en calidad o en espectacularidad, sino sobre todo en resultados económicos. Pero el fenómeno no se circunscribe a estas celebraciones.
En realidad, es la especialización de España como destino turístico barato en el cual todo es posible (especialmente aquello que suele estar prohibido en los países de origen de este turismo masivo de ínfima categoría), la que está sembrando la geografía del país de una red de "puntos negros" en coincidencia con las principales manifestaciones festivas del ciclo anual. Cualquier festividad se aprovecha para que la rueda siga girando: después del Carnaval vendrá la Semana Santa, la Feria de Sevilla, San José en Valencia, los Sanfermines en Pamplona … excusas para esas grandes concentraciones de masas que buscan en esas fiestas válvulas de escape a existencias anodinas y necesitadas de estímulos fuertes; desde hace algún tiempo hay incluso grupos de jóvenes que practican un nomadeo continuo de "fiesta" en "fiesta", recorriendo la geografía del país en una especie de peregrinación permanente.
En conclusión, el Carnaval, una fiesta que antaño permitía temporalmente la transgresión y la subversión del orden social constituido (aunque después de unos días de suelta, todo volviera a la "normalidad" hasta el año siguiente), ha sido convertido en un elemento (más) propiciador del consumo masivo de ciertos ritos colectivos alienantes, en una sociedad fascinada por las posibilidades autodestructivas de la condición humana.